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De cenotes y puestas de sol

Yo digo, quiero ir a la playa. La vida me dice, ve a Yucatán. Yo acato.

Si me hubieran dicho el año pasado que iba a hacerme de unos amigos con los que compartiría inquietudes mucho más allá de lo mundano, si me hubieran dicho que le estaría hablando al mar y al sol de temas que ni siquiera me hubiera permitido dedicarles más de 10 minutos cerebro. Si me hubieran dicho que correría en la playa con los pies descalzos y con vestido de fiesta... Seguramente habría pensado que había un error, que me habían confundido con alguien más o me hubiera cerrado a que sucediera. Como nadie me dijo, sucedió.

Y en medio de todo me quemé el ombligo, bebí varios Besos Mayas (aunque me advirtieron que no lo hiciera), le canté un mantra al mar, me rebauticé entre las olas, me sumergí en las aguas frías de un cenote paradisíaco, me atreví a hablarle de lo que siento a mi madre, caminé entre las ruinas mayas, presencié una unión de amor, la luz se hizo presente, bailé hasta las 5am, brindé con cavernet, vi amaneceres y atardeceres y en cada vez me sorprendí. ¿Qué es ese concepto "Dios"? Tal vez si le cambiara el nombre me sería más fácil hablar de Él (lo que está y lo que no está, lo que veo y lo que no veo, lo que está por ocurrir y lo que ya ocurrió, las supercuerdas y los hoyos negros, el big ban y el big crunch), pero ¿para qué me esfuerzo en definir algo que vivo, que siento y que intuyo?

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