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Otra vez

El insomnio a regresado con renovadas energías y eso en ningún caso es bueno. Logré planchar toda mi ropa, y eso está bien, pero ahora con el cuerpo cansado ya no me da para ninguna terapia ocupacional y el cerebro se ha puesto a pensar, lo cual es terrible.

Me puse a "apretar botones" a los que nunca debí haberme siquiera acercado (léase: me puse a estar buscando lo que no quería encontrar). ¿Y ahora qué? Me entrego a la emoción... dolor de estómago, opresión en el pecho, impotencia, envidia, tristeza. Ante esto mi mente no puede resolver, el razonamiento es completamente inútil. Me siento como si no pudiera salir del mismo sentimiento de toda la vida, por más que intento.

¿Por qué me torturo? ¿Por qué mi cabeza me dice cosas tan feas? Es como sabotaje pues nada me ha pasado para detonar este terror emocional, son puros fantasmas. Adicción al sufrimiento. Ya no me parece nada lindo. Ya me harté de la bromita que me juega mi cabeza cada vez que quiero descansar.

Ven fantasmita, cuéntame tu historia.

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¿Qué debemos hacer?

"¿Qué debemos hacer?" Así empieza Cuadernos negros (1931-1938) de Heidegger seguido de otras preguntas que acentúan el carácter de esta primer pregunta: ¿Quiénes somos? ¿Por qué debemos ser? ¿Qué es lo ente? ¿Por qué sucede el ser? Esto es filosofar.

Para los grandes filósofos, hacer la pregunta correcta es lo importante porque es lo que conduce el pensamiento y en último caso la acción. Pero saber preguntar no es sólo cosa de filósofos, es cosa de todos si es que queremos plantearnos de frente y sin evasiones lo más digno de ser cuestionado: el sentido de nuestra existencia a partir del quedarnos sin apresuramiento en la cuestión de qué somos. Desde luego, debe ser claro para quien genuinamente se pregunta por qué debe hacer, que respuestas inmediatas de qué somos: por especie, género, edad, clase social y demás clasificaciones, no proporcionan ningún esclarecimiento existencial. Ninguna respuesta dada por ninguna autoridad en tema alguno debiera ser tomada como respuesta …

Qué chulada de maíz pinto

Crecí oyendo a mi papá decir con enjundia "¡Qué chulada de maíz pinto!" cuando le veía las piernas a mi mamá y después se las estrujaba con las mega-manotas que Dios le dio.

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