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"Welcome to my hometown"

En el aeropuerto de Estocolmo (Arlanda) tienen uno de los mejores recibimientos que he visto, en lugar de propaganda de compañías diversas y productos de consumo, los suecos han decidido promocionarse a ellos mismos.

Enormes fotos de personajes conocidos como Ingmar Bergman nos dan la bienvenida, igualmente aparecen en en estos despliegues pequeños empresarios, deportistas, el rey mismo y empleados. Junto a la foto su nombre y su ocupación. Y va uno caminando y viendo la cara de los suecos y leyendo a qué se dedican. Se siente muy bonito que tantos te den la bienvenida al país donde funciona todo.

Arlanda se dice ser el aeropuerto del mañana para viajeros del mañana y me parece que están cumpliendo su cometido. La terminal 5 es enorme, los oficiales de migración agradables, hay baños por doquier, salas de espera con sillones estilizados y una leyenda escrita en todos los idiomas: "Soy un ciudadano del mundo. Cualquier país es mi país. Extranjero en cualquier lugar".

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¿Qué debemos hacer?

"¿Qué debemos hacer?" Así empieza Cuadernos negros (1931-1938) de Heidegger seguido de otras preguntas que acentúan el carácter de esta primer pregunta: ¿Quiénes somos? ¿Por qué debemos ser? ¿Qué es lo ente? ¿Por qué sucede el ser? Esto es filosofar.

Para los grandes filósofos, hacer la pregunta correcta es lo importante porque es lo que conduce el pensamiento y en último caso la acción. Pero saber preguntar no es sólo cosa de filósofos, es cosa de todos si es que queremos plantearnos de frente y sin evasiones lo más digno de ser cuestionado: el sentido de nuestra existencia a partir del quedarnos sin apresuramiento en la cuestión de qué somos. Desde luego, debe ser claro para quien genuinamente se pregunta por qué debe hacer, que respuestas inmediatas de qué somos: por especie, género, edad, clase social y demás clasificaciones, no proporcionan ningún esclarecimiento existencial. Ninguna respuesta dada por ninguna autoridad en tema alguno debiera ser tomada como respuesta …

Qué chulada de maíz pinto

Crecí oyendo a mi papá decir con enjundia "¡Qué chulada de maíz pinto!" cuando le veía las piernas a mi mamá y después se las estrujaba con las mega-manotas que Dios le dio.

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