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Quello chi mangi quello que tu sei

Venía yo corriendo en falda y con mi Meg por Katarina Bangata después de una espléndida comida-cena en un cálido restaurante de nombre Sallys en Gamla Stan donde al calor de los 28 grados centígrados nos refinamos una pizza (cada quien) acompañada de un pinot noir embotellado en Italia.

Para ambientar tan agradable comida, nos recibió un italiano ávido de contar en italiano-español alguna que otra cosa y ya para el postre se incrementaba la experiencia con melodías de Umberto Tozzi. Diez y seis años después de haber tomado clases de italiano, es en Estocolmo donde por primera vez, desde la distancia, levantaba mi brazo y pronunciaba el arrivederla que tan atorado ya traía y que se rehusó a salir por las calles de Roma.

Pero regreso a Katarina Bangata, donde mis oídos detuvieron la carrera y voltearon mi cara hacia dos hombres que ciertamente hablaban de comida. Estaba ya sintonizada en italiano, imposible no escucharlo desde lo lejos. Pues sí, coincido con ellos, tú eres lo que comes. Estoy feliz.

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Crecí oyendo a mi papá decir con enjundia "¡Qué chulada de maíz pinto!" cuando le veía las piernas a mi mamá y después se las estrujaba con las mega-manotas que Dios le dio.

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No se necesita haber estado cerca de perder la vida para tener experiencia de tal posibilidad. Es más, ni siquiera este tipo de experiencias logran arrancar a todos del "pero todavía yo no" que funciona de tabla de salvación. 
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