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Que alguien calle al chamaco

Los niños de ahora tienen muchas más oportunidades de expresarse que los niños de mi tiempo. Aún ahora me auto-reprimo (no vaya a ser que le resulte desagradable a alguien), estoy tan bien amaestrada que hasta evito cantar en la soledad. Me explico.

Voy en un avión Estocolmo-Londres. Ingleses y suecos llenan el avión en su mayoría. Enfrente mío, en dos filas continuas va una familia de habla inglesa. Los nenes brincan en los asientos, uno tira su juguete hacia mi fila, otro el jugo en la mesa de su mamá. Todo tolerable hasta que deciden que ya no se “hallan” y lanzan alaridos de protesta.

Si a la edad de dos años se me hubiera ocurrido estallar en llanto por que me sentía incómoda de alguna manera, mis padres hubieran terminado mi vocalización mostrándome lo mala que estaba siendo, terminando así con la incomodidad que les pudiera generar a ellos o a los que estuvieran alrededor. Pero los chamacos en cuestión llevan media hora desahogándose (en relevos) y diría que hasta regodeándose en su histeria sin que sus papás les dirijan la menor reprobación. Los pasajeros aledaños sonríen a los chamacos como si estuvieran haciendo alguna gracia.

Yo quiero gritar. Me contengo. Ni para verlos feo (hay que entender su inquieta alma descubriendo los poderes de su garganta).

Quizá cuando estén grandecitos no se repriman, ok, bien por ellos, pero a mí ¿quién me quita los nervios crispados?

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